Dice la gente que confiar es difícil. Ya sabéis, el clásico cuento del gato escaldado.
A mí no me lo parece. Creo que cuanto más ambicioso seas en tus objetivos, más vale la pena confiar en todo aquello de lo que dependen. Y no hablo (sólo) de economía.
Procuro asumir el riesgo de mis ambiciones, y sólo desde ese prisma se dibuja el desglose adecuado de colores a mi visión y sentimiento.
Pero (siempre lo hay) cuando el confiable debo ser yo, llegan las amor-odiadas hermanas: Miedos y Dolores.
¿Tan difícil sería aplicar en mí esa fe consciente y explícita que fijo en quien quiero?
Cualquier fallo, no ser ese ser perfecto y admirable que fascina y llena la vida ajena de amor y ejemplo, me derriba. Tal vez se esté uno castigando, mientras busca con miedo y dolor cualquier señal en los demás de intolerancia hacia su falta. Tal vez uno no cumpla su ideal de valorar tanto lo bueno como lo malo(o viceversa, no se nos enoje el Dr.Maligno).
Ahora lo difícil es dejarse regalar lo que uno ha regalado. Dejarse llenar la vida sin culpa y con agradecimiento, y vivirlo con plenitud.
De no cumplir con ello, el riesgo es grande: perderse el camino, y además posiblemente el tramo más bello.
La lección es fuerte: no hay confianza que valga si no empieza por uno mismo. Aquel que se cree, se crea; si no, no es nadie.
En cada vuelta de pensamiento me digo: Muy bien si optas por confiar, pero hazlo plenamente, y empieza por ti.
Y mi decisión es esa: me entrego a ti, a mí, y a todos y todo lo que quiero, pues no estoy dispuesto a perderme nada.

Felices y más felices sueños,

dnlt